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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 
Capítulo 8 

La intensidad de su marcha 


Enoc caminó con Dios. Durante cuarenta años soñó Moisés con la 
eternidad en el desierto de Madián. Job "perfecto y recito", presenta- 
ba a sus hijos delante de Dios muy temprano por la mañana. David 
buscó a Dios en oración y en cánticos sagrados en medio de la quie- 
tud de las colinas de Judea. Isaías tuvo una visión del Dios excelso sentado en 
su trono, "y sus faldas llenaban el templo", el año en que murió el rey Uzías. Tan 
poderosa era la relación de Jeremías con Dios, que en medio de su más intensa 
prueba y su más profundo desaliento, sintió la palabra de Dios en su corazón 
"como un fuego ardiente metido en [sus] huesos", pasión que no podía dejar de 
compartir. Daniel, desafiando el decreto del rey, y sin ningún temor a la mirada 
vigilante de sus adversarios, elevó su petición al cielo tres veces al día, con las 
ventanas abiertas hacia su amada ciudad. 

Y Sofonías, apoyado en la rica experiencia que había tenido con Dios, pudo dar 
a Israel una de las más poderosas seguridades que se encuentran en las Escritu- 
ras: "Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con 
alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos" (Sofonías 3:17). 

Todos estos gigantes del Antiguo Testamento vivieron muy cerca de Dios, y 
tenían el hábito de pasar tiempo precioso en su sagrada presencia. Pero ninguno 
de ellos, ni todos ellos combinados, pudieron igualar la intensidad con que 
Jesús caminó con su Padre. 

Aquellos años oscuros en Nazaret son prácticamente desconocidos para noso- 
tros; pero si todo árbol que crece torcido nunca su tallo endereza, entonces es- 
tamos en lo correcto al asumir que los años que precedieron a su ministerio 
público los dedicó a la más concentrada preparación para una tarea que esta tie- 
rra jamás ha visto en otro ser humano. 

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Sin embargo, su primera tarea después de su bautismo fue buscar a Dios todav- 
ía con mayor intensidad. Por eso lo vimos dirigiéndose al desierto de Judea pa- 
ra buscar a Dios durante cuarenta días en oración, comunión, ayuno y prueba. 
Para muchos de nosotros, quizá para todos, este episodio de la vida de Jesús re- 
presenta una prueba que está más allá de todo nuestro marco de referencia. 
En la biografía del extinto obispo episcopal James A. Pike, David M. Robert- 
son nos proporciona una vivida descripción del tipo de terreno que encontró 
Jesús durante su retiro en el desierto: "La temperatura durante el día puede lle- 
gar hasta los cincuenta grados centígrados [...] y la única sombra disponible 
proviene de algunas rocas salientes. Estas pequeñas zonas de sombra deben ser 
compartidas, sin embargo, con los habitantes tradicionales del desierto, escor- 
piones y serpientes. Las únicas otras señales de animales vivientes que se ven 
son las intensamente activas nubes de pequeñas moscas negras, que se adhieren 
inmediatamente al sudor o la orina del viajero". 

Irónicamente, Pike y su nueva esposa, Diane Kennedy, se habían aventurado a 
entrar a la inhóspita región en busca de evidencias que, según ellos, demostrar- 
ían la falsedad de tres principios fundamentales de la fe cristiana: la encarna- 
ción, el nacimiento virginal, y la Trinidad. Pero la historia de la lucha por so- 
brevivir después del viaje de una breve tarde en el desolado lugar añade más 
atractivo a la mística de Jesús. Diane escapó milagrosamente con vida: pero su 
esposo pereció. Una intensa búsqueda realizada por un grupo de soldados y po- 
licías israelíes, apoyada por helicópteros y perros amaestrados, encontró su 
cuerpo varios días más tarde. Al parecer había caído desde una altura de veinte 
metros mientras intentaba salir de un cañón. 

"Fue en este desierto", hace notar Robinson, "donde Jesús de Nazaret se retiró 
solo, para orar y ayunar". 3 

A este lugar abandonado de Dios se dirigió Jesús, después de su bautismo, para 
reflexionar en la misión que tenía por delante. ¡No durante un breve paseo du- 
rante una tarde, como el obispo Pike, sino durante cuarenta días! 

¿Qué hizo en aquel inhóspito lugar durante diez, veinte, cuarenta días? Fue una 
intensidad completamente desconocida para nosotros, una concentración espiri- 
tual totalmente ajena a nuestro conocimiento, la búsqueda de una intimidad 
mística que nos deja mudos de asombro. 


1 David M. Robertson, A Passionate Pilgrim (Nueva York: Alfred A. Knopf, 2004), p. 4 

2 Ibíd., pp. 6, 226. 

3 Ibíd., p. 4 

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¿Cómo pudo sobrevivir en una lucha activa (no una lánguida pasividad) duran- 
te tanto tiempo sin alimento en aquel ambiente mortal? Moisés también ayunó 
cuarenta días, pero sucede que él estaba en la misma presencia de Dios, y no 
sería irrazonable suponer que recibió ayuda sobrenatural. Pero la Biblia dice 
que Jesús "no comió nada en aquellos días" (Lucas 4:2). En aquel ambiente tan 
hostil hizo frente al hambre, al calor extremo, y a los peligros de los reptiles y 
otros depredadores. ¿Bebería agua de algún arroyuelo? No lo sabemos. Pero si 
lo hizo, entonces eso fue lo único que tocó sus labios durante cuarenta días. 

Yo sospecho que nunca sabremos todo lo que le ocurrió a Jesús en aquel aisla- 
do lugar. Y en cuanto a la razón para que eso ocurriera, también está fuera de 
nuestro alcance comprenderlo. ¿Quién de nosotros puede comprender la clase 
de intensidad espiritual que había en el corazón de Jesús? ¿Quién de nosotros 
es capaz de concebir, en toda su magnitud, lo que significaba tener una misión 
como la suya? ¿Quién de nosotros puede saber qué cambios ocurren en toda la 
psiquis de una persona que porta sobre sus hombros tal carga cósmica? En este 
campo debemos sentirnos contentos de operar en las tinieblas, sin tener ningún 
otro ejemplo con el cual hacer comparaciones. 

¿Cómo fue protegido de las criaturas salvajes: serpientes venenosas, las bestias 
de presa? No tenemos todas las respuestas. Pero esta única declaración que se 
encuentra en Marcos dice mucho: "Y estaba con las fieras; y los ángeles le 
servían" (Marcos 1:3). No habría ningún beneficio especial si Jesús hubiera si- 
do atacado por las fieras. Si queremos, podemos expresarlo así: No estaba en 
los planes de Dios que el Salvador del mundo muriera por la mordedura de una 
serpiente, por el ataque de un león, de hambre, o por caerse de un precipicio. 
Los ángeles lo protegieron para que saliera ileso, para hacerle frente a la verda- 
dera prueba, es decir, la prueba espiritual. 

Pero es probable que haya habido otra razón para que las criaturas salvajes del 
desierto no lo tocaran, y aquí entro a la sombra de una pequeña especulación, 
aunque creo que es inofensiva. ¿Recuerda la entrada triunfal? Aunque Mateo 
nos deja un poco confusos acerca de la bestia específica sobre la cual Jesús ca- 
balgó aquel día (véase Mateo 21:7; cf. versículos 1-6), Marcos lo aclara: "Y tra- 
jeron el pollino a Jesús, y echaron sobre él sus mantos, y se sentó sobre él" 
(Marcos 11:7). 

Por experiencia personal, que una vez se acercó a la tragedia, sé lo que signifi- 
ca cabalgar sobre un pollino de asno, "en el cual ningún hombre ha montado" 
(Marcos 11:2). ¡Es algo peligroso! Y cualquiera que haya montado una de esas 
bestias antes de ser "amansadas", comprenderá que el pollino que Jesús montó 
aquel domingo para entrar a Jerusalén no se comportó en la forma usual. Y 
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tampoco las criaturas que lo rodeaban en el desierto se comportaron como lo 
hacían usualmente. Creo que nosotros no sabemos nada acerca de las fuerzas 
disuasorias que acompañaban al tipo de energía e intensidad espiritual que 
Jesús llevó consigo al desierto. 

Durante treinta años se empapó con el mensaje de los profetas; durante treinta 
años había estado llenando su alma con lo que estaba en juego en la redención 
del mundo; durante treinta años la revelación lo había estado preparando para 
ejecutar la crítica misión para la salvación del mundo. Y ahora, después de su 
bautismo, sintió, con una intensidad sobrehumana, la necesidad de un poder in- 
conmensurable para llevar a cabo su abrumadora tarea. 

Con tal dase de intensidad, se dirigió hacia el desierto, todo su ser capturado 
por un poder que estaba más allá de sí mismo, toda su alma capturada por una 
fuerza ultraterrena que hacía que las criaturas del desierto guardaran su distan- 


El riesgo del fracaso 

La razón explícita para esta incursión al desierto fue para ser tentado (Mateo 
4:1; cf. Lucas 4:2), y el archiengañador estaba allí para aprovechar la ventaja. 
Aprovechando el hambre extrema del Salvador como herramienta, trató deses- 
peradamente de abrir una brecha entre él y su Padre, de arrancarlo de su firme 
asidero de la mano de Dios, de introducirse en la íntima cercanía que el Salva- 
dor tenía con Dios, de romper la intensidad de su marcha. 

Todos los seres humanos que han vivido alguna vez sobre la tierra han sucum- 
bido, de una forma u otra, a los engaños del enemigo. Pero Jesús no transitó por 
ese camino. Él era, y debía mantenerse como, el "inmaculado" Hijo de Dios. Si 
él hubiera tropezado en algún detalle, el juego hubiera terminado para la raza 
humana, y con resultados inimaginables para el universo. Era una misión que le 
exigía un sacrificio inefable. Tenía que luchar como nosotros tenemos que 
hacerlo, ser tentado como nosotros lo somos y, sin embargo, permanecer inma- 
culado. Podríamos compararlo con el trabajo durante treinta y tres años en su 
computadora, escribiendo artículos, haciendo sus tareas, contestando cartas, sin 
cometer jamás el más leve error, sin usar nunca la tecla que dice "borrar", o la 
que dice "deshacer". Podríamos compararlo también a la tarea de manejar su 
vehículo durante treinta y tres años, sin cometer la menor infracción de ningún 
tipo. O compararlo con tomar un curso de álgebra o física, y resolver todos los 
problemas. O como tocar el piano durante treinta y tres años sin pulsar jamás 
una tecla equivocada. 

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Esa era la responsabilidad de Jesús. No vino simplemente para darnos un ejem- 
plo de lo que significa dar con altruismo, sino para morir como Cordero sin 
mancha y así lograr la salvación del mundo. De ahí su total concentración, la 
completa intensidad de su caminar con Dios; nada debía darse por sentado, na- 
da debía dejarse al azar. El destino de todo el planeta y, en un sentido, el de to- 
do el universo, estaba en juego. Aquellos cuarenta días en el desierto represen- 
taron la preparación final de Jesús para su misión. 

"En el cielo, Satanás había odiado a Cristo por la posición que ocupara en las 
cortes de Dios. Le odió aun más cuando se vio destronado. Odiaba a Aquel que 
se había comprometido a redimir a una raza de pecadores. Sin embargo, a este 
mundo donde Satanás pretendía dominar, permitió Dios que bajase su Hijo, 
como niño impotente, sujeto a la debilidad humana. Le dejó arrostrar los peli- 
gros de la vida en común con toda alma humana, pelear la batalla como la debe 
pelear cada hijo de la familia humana, aun a riesgo de sufrir la derrota y la 
pérdida eterna". 4 

Intensidad por Dios 

El tiempo que pasó en el desierto, por importante que fuera, no podía garantizar 
la victoria en las luchas que le esperaban. De este modo, a través de todo su 
ministerio, encontramos a Jesús buscando constantemente el contacto y la co- 
munión con su Padre. Su vida estuvo dedicada a la oración perseverante. Mar- 
cos 1:35 nos da lo que quizá era el patrón normal de su conducta: "Levantándo- 
se muy de mañana, siendo aun muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y 
allí oraba". 

Pero cuando las circunstancias eran verdaderamente críticas, buscaba a Dios en 
forma especial. Así, Lucas informa que antes de seleccionar a los doce discípu- 
los, Jesús "fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios" (Lucas 6:12); cf. 
6:13). Y estamos familiarizados, por supuesto, con la sesión de oración donde 
padeció una insoportable agonía en el Getsemaní, la víspera de la crucifixión. 

Volviendo ahora a su programa regular de comunión, la siguientes declaración 
nos proporciona una mejor percepción: "Estudiaba la Palabra de Dios, y sus 
horas más felices eran las que, terminado el trabajo, podía pasar en el campo, 
meditando en tranquilos valles y en comunión con Dios, ora en la falda del 
monte, ora entre los árboles de la selva. El alba le encontraba a menudo en 


4 Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 32, 33. 

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algún retiro, sumido en la meditación, escudriñando las Escrituras, o en ora- 
ción. Con su canto daba la bienvenida a la luz del día". 

Me encanta esa referencia a las horas de la mañana. En la mañana, cuando el 
día está fresco; en la mañana, cuando la mente está clara; en la mañana, antes 
que los cuidados de la vida nos asalten, y la agenda se llene de compromisos; 
es la hora ideal para encontrarnos con Dios, para derramar nuestras almas ante 
él, para suplicar que nos fortalezca y nos guíe para el día que comienza. Era en 
la mañana cuando caía el maná para el antiguo Israel. Fue en la mañana cuando 
los truenos y relámpagos señalaron el descenso de Dios sobre el Monte Sinaí 
(Éxodo 19:16). Y fue muy temprano por la mañana que Dios abrió los ojos del 
siervo de Elíseo para que pudiera ver que "el monte estaba lleno de gente de a 
caballo, y de carros de fuego alrededor de Elíseo" (2 Reyes 6:15-17). 

Sí, la mañana es el tiempo ideal para encontrarnos con Dios. La mañana es el 
tiempo de la gracia. Dijo el antiguo profeta: "Por la misericordia de Jehová no 
hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas 
son cada mañana. Grande es tu fidelidad" (Lamentaciones 3:22, 23). 

La idea de una "palabra de oración" se ha convertido en el artículo de primera 
necesidad de las reuniones cristianas, sintomática de nuestro patrón regular de 
comparecencia delante el trono de la gracia. Pero, si bien tal brevedad puede 
ser apropiada para las reuniones públicas, he encontrado en mi propia expe- 
riencia que se necesita más o menos la primera media hora para que mi intran- 
quila mente se encuentre con Dios en oración. Para mí, con frecuencia es hasta 
el final de la primera hora que la línea de conexión se abre completamente, por 
así decirlo, y el pulso del alma comienza a vibrar al unísono con el mundo invi- 
sible. Es alrededor de ese tiempo cuando quedamos inmersos en la atmósfera 
del cielo, con un flujo de pensamientos que se mueve hacia arriba y hacia abajo 
entre Dios y nosotros. Usted sale de un período de estudio y meditación así, 
sintiendo que ha probado la bondad de Dios. 

Y lo que este capítulo intenta decir es que Jesús, en vez de contar esas sesiones 
con los dedos de la mano, experimentaba esa comunión todo el día. 

Usted siente esa intimidad espiritual, esa familiaridad espiritual con Dios, 
cuando se concentra en la gran oración sacerdotal de Jesús registrada en Juan 
17; oración elevada en la misma sombra de la cruz, y el mejor ejemplo que po- 
demos tener de la forma como se comunicaba con su Padre. "Yo te he glorifi- 
cado en la tierra", dijo, al principio de esta oración, "he acabado la obra que me 
diste que hiciese. Ahora, pues, Padre, glorifícame al lado tuyo, con aquella glo- 

5 Elena G. de White, El ministerio de curación, p. 34. 

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ría que tuve contigo antes que el mundo fuese" (versículos 4, 5). Y luego, hacia 
el final: "Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también 
ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has 
amado desde antes de la fundación del mundo" (versículo 24). 

Intimidad e intensidad: son las palabras que están en el corazón de la gran ora- 
ción pastoral (algunos dirían, sumo sacerdotal) de Jesús. 

Intensidad para la misión 

He oído decir de personas cuyas vidas fueron truncadas muy jóvenes, por en- 
fermedad, accidente, u otra causa, que vivieron con una intensidad nacida de 
una premonición instintiva de que su tiempo sobre la tierra sería corto. Jesús, 
en un sentido, experimentaba eso. Comprendía muy bien que el tiempo para 
realizar la gigantesca tarea que se le había encomendado, era breve; que la ven- 
tana de oportunidad era pequeña. 

Y fue así como realizó todas sus actividades, cada tarea, con un sentido de ur- 
gencia. "Me es necesario hacer las obras del que me envió, entretanto que el día 
dura, la noche viene cuando nadie puede obrar" (Juan 9:4). La mujer de Samar- 
ía abandonó su cántaro y corrió hacia su aldea, totalmente emocionada, y les 
informó que había descubierto al Mesías. Mientras tanto, los discípulos habían 
vuelto a donde estaba su Maestro a quien suponían hambriento, trayendo la 
comida, para encontrarlo silencioso y pensativo, orando por algo que ellos no 
comprendían. No, no había comido, como ellos pensaban: "Mi comida", ex- 
plicó, "es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra" (Juan 
4:34). 

Tenemos lo siguiente en Lucas 21:37, 38: "Y enseñaba de día en el templo; y 
de noche, saliendo, se estaba en el monte que se llama de los Olivos". 

Uno lee esto, se detiene a imaginar un estilo de vida así, y se estremece al pen- 
sar en la dureza de ese programa. ¿Dónde dormían él y sus discípulos? ¿Qué ti- 
po de ropa de cama, si es que las tenían, usaban? ¿Cómo suplían sus necesida- 
des corporales naturales? ¿Cómo se aseaban (cepillarse los dientes, pasta den- 
tal, afeitarse, etc.)? ¿Y para el desayuno? ¿Y para lavar su ropa? El texto dice 
que la gente volvía al templo "por la mañana" a escucharle. ¿Llegaban tempra- 
no para obtener un buen lugar? ¿O era porque él estaba allí desde muy tempra- 
no para comenzar sus enseñanzas? 

El Hijo del hombre, como Jesús le dijo a Judas cuando se encontraron por pri- 
mera vez, no tenía donde recostar la cabeza. Por grandiosa que sea la percep- 
ción del Jesús humano que tenemos hoy, realmente era un predicador itineran- 
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te, que vivía compartiendo todo con sus discípulos. Trabajaba muy temprano 
por la mañana; trabajaba a mediodía; trabajaba en la tarde; y trabajaba en la no- 
che. Fue entonces cuando Nicodemo se le acercó, y fue a esa hora que expresó 
las palabras que han sido repetidas millones y millones de veces a través de los 
siglos: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo 
unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida 
eterna" (Juan 3:16). 

Ministró a los pobres y a los ricos; a un solo individuo y a las multitudes; a las 
familias en sus hogares y a las multitudes en el templo. Y tomaba tiempo para 
aquellos que estaban enfermos y sufrientes. Fue así como se acercó al hombre 
que había nacido ciego, cuya intrigante historia encontramos registrada en Juan 
capítulo 9. Los fariseos, enojados porque la sanidad del ciego había violado el 
sábado, y molestos por la defensa que el ciego sanado hizo de su Sanador, lo 
"expulsaron" (Juan 9:34). 

Lo que siguió después es definidamente precioso, y habla de la intensidad con 
que Jesús cumplía su misión. Juan dice: "Oyó Jesús que le habían expulsado; y 
hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios?" (versículo 35). ¡La clara im- 
plicación es que Jesús había andado buscándolo! ¡Eso es maravilloso! Y cuan- 
do finalmente lo halló, le preguntó: "¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió 
él, y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has vis- 
to, y el que habla contigo, él es" (versículos 35-38). 

¡Es absolutamente precioso! ¡Jesús lo había andado buscando! ¿Imagina usted 
eso? 

Debemos tomar nota de su intimidad con Dios, de la intensidad de su marcha y 
de la intensidad de su misión. ¿Cuan dedicados somos a Dios? ¿Cuan intensa es 
nuestra comunión? ¿Cuánto tiempo invertimos para nutrir esa comunión? 
¿Cuándo en verdad nos detenemos lo suficiente como para escuchar a Dios 
hablándonos? El novelista e historiador ruso, Alexander Solzhenitsyn dijo en 
algún lugar que la prisa y la superficialidad son la enfermedad del alma del si- 
glo XX; situación que ha empeorado considerablemente al principio de este si- 
glo XXI. 

El consejo de Dios por medio del profeta Isaías es muy apropiado en este mo- 
mento: "Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en 
reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza" (Isaías 
30:15). El salmista añade: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios" (Salmo 
46:10). Y podemos escuchar la voz de Jesús resonando a través de los siglos 
hasta nuestros agitados días: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y car- 

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gados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de 
mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras 
almas. Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga" (Mateo 11:28-30). 

"Todos los que están en la escuela de Dios necesitan de una hora tranquila para 
la meditación, a solas consigo mismos, con la naturaleza y con Dios. En ellos 
tiene que manifestarse una vida que en nada se armoniza con el mundo, sus 
costumbres o sus prácticas; necesitan, pues, experiencia personal para adquirir 
el conocimiento de la voluntad de Dios. Cada uno de nosotros ha de oír la voz 
de Dios hablar a su corazón. Cuando toda otra voz calla, y tranquilos en su pre- 
sencia, esperamos, el silencio del alma hace más perceptible la voz de Dios". 
Dijo el discípulo que caminó más íntimamente con Jesús: "El que dice que 
permanece en él, debe andar como él anduvo" (1 Juan 2:6). 

Señor, danos el tipo de intimidad que tenía Jesús, el tipo de intensidad que sent- 
ía: por tu presencia y por su misión. 


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